martes, 10 de octubre de 2017

Entre Pitrola, Borges y la reedición de "La revolución traicionada"



por Alejandro Guerrero



“La revolución traicionada no es un libro más, es ‘el’ libro”, decía Néstor Pitrola mientras conversaba con algún representante de El Viejo Fantasma Grupo Editor y mostraba su ejemplar, recién salido del horno.
“Todavía no lo empecé a releer”, añadía Néstor. “Lo leí hace cerca de 40 años, y cuando releés un libro después de tanto tiempo ya es otro libro. Vos sos otro y el libro es otro”, explicaba. Borges seguramente estaría de acuerdo con esa idea, aquel sorprendente Borges que recordaba el fragmento 91 de Heráclito (“no bajarás dos veces al mismo río”) y decía del pensador griego: “Admiro su destreza dialéctica, pues la facilidad con que aceptamos el primer sentido (‘El río es otro’) nos impone clandestinamente el segundo (‘Soy otro’)…”
Cuarenta años es por cierto mucho tiempo aun en términos históricos, ni hablar en la vida de un hombre. Hace 40 años, por ejemplo, un Pitrola veinteañero le presentaba batalla dada día de su vida a la dictadura militar que asolaba la Argentina y, mientras tanto, se daba tiempo para leer La revolución traicionada, de León Trotsky.
Eran muy distintos la Argentina y el mundo hace 40 años, pero algo tenían en común con nuestros días y también con el tiempo (1937), en que se publicó aquel libro que Trotsky había escrito entre 1935 y 1936, e incluso con bastante tiempo antes: era y es la época de la revolución proletaria y de ninguna otra, la etapa histórica de la revolución socialista, de la dictadura del proletariado.
“Es ‘el’ libro porque te permite entender todo lo que pasó después”, agrega Néstor. Como señalaba Trotsky, la lucha de clases no es lucha de argumentos, no es una partida de ajedrez. El buen argumento resulta indispensable para mejorar la capacidad de intervenir en esa lucha, pero si no se transforma él mismo en parte de esas fuerzas sociales quedará estéril. Los argumentos aplastantes de Trotsky no pudieron –no tenían forma de poder− con las fuerzas sociales, mucho más aplastantes, de cuatro años de guerra imperialista y tres de guerra civil, con las privaciones y el cansancio, pero sobre todo con las derrotas del movimiento obrero mundial (Alemania dos veces, Hungría, luego China, más tarde Francia y España). Cada una de esas derrotas del movimiento obrero fortaleció a la burocracia, le permitió avanzar hacia su autodestrucción para transformarse a sí misma en una mafia reconstructora del capitalismo, tal como Trotsky previó que ocurriría si no se producía allí una revolución política.
Pitrola es, a su modo (es decir con sus particularidades, con su propia individualidad, como todo militante), una expresión de la herramienta que es el partido político de la clase obrera, el partido revolucionario, para transformar el argumento, la teoría, en fuerza social, en fuerza organizada, en acción. El Viejo Fantasma se propone, de alguna manera, cumplir una parte de la tarea inversa (que es la misma tarea), igualmente necesaria: difundir la teoría revolucionaria que los grandes dirigentes y pensadores del movimiento obrero mundial han extraído de la práctica social de los trabajadores y del estudio de la historia.

No está nada mal, desde ese punto de vista, haber empezado con La revolución traicionada, con “el” libro.

lunes, 10 de julio de 2017

La rebelión de los personajes


                                          Foto: Complejo Teatral General San Martín


por Ricardo Lusso



Viernes de lluvia en la noche porteña. Llegás al Teatro General San Martín, sala Martín Coronado. La farsa de los ausentes espera el comienzo. Adaptación del primer acto de El Desierto, obra póstuma de Roberto Arlt.
Te abutacás y un mundo nuevo comienza a atacar. Casi una veintena de personajes, que no saben dónde ni cómo llegaron ahí comienzan a revelar sus miserias, amores y necesidades. Son como vos, como yo. Son nuestro espejo. Excepto el perro “que habla”, una suerte de Diógenes que dice verdades. Todos los demás dudan, sudan, son impactados permanentemente por la realidad que les toca vivir, gracias al tirano César (Daniel Fanego). Un buen servidor (Roberto Carnaghi) junto al séquito nos recomiendan los pasos a seguir para que “la fábrica” continúe produciendo ¿Fábrica de qué? De fantasías, de penas, de miserias. De reproducir el hambre y la farsa donde vivimos diariamente. Los lugares comunes se vuelven “no comunes” para ponerte la duda cuasi metafísica: cuál es el propósito de esta farsa. Continuar la producción, de qué, para qué, para quiénes. Buen comienzo. Pensás. Impresiona la puesta. Pero ¿a dónde va este mundo absurdo?
¿Va hacia ninguna parte? Siempre tiene un sentido este clima que se produce y los personajes, cualesquiera sean, producen un cachetazo a tu realidad, ahí, sentado frente al escenario. Crac, al fin, los personajes comienzan a acompañar tus preguntas y a llevarte dentro de ese mundo de ficción, una tan buena que parece tu realidad. Ni un supuesto mesías de “verdades reveladas” puede contener la marea. La búsqueda de salida. La búsqueda de liberarse de esa opresión ¡Que reaccionen, por favor! Que no se repita tanta injusticia. Pero no pasa. No pasa. No llega. El César y su séquito estarán a punto… pero no, a punto de nada. Siempre hay un reemplazo para el opresor. Siempre está el miedo a salirse de la realidad. Una realidad tan absurda como la tragedia que acompaña el final. Llegar a un final trágico para que todo comience.
Salí confundido, cacheteado del San Martín, sala Martín Coronado. Comencé a ver al público con extrañeza. Con lamentable extrañeza, queriendo saber si buscarán una salida, una rebelión de esos personajes tan reales como yo ¿Como yo? Dejé atrás el tumulto y agarré Corrientes, y la lluvia me hizo saber que no soy un personaje, sino un humano real. ¿Real?
Sentí un cierto deseo de agradecerle a Pompeyo Audivert por ese absurdo, por esa confusión en una puesta impactante.


Basada en El desierto entra en la ciudad de Roberto Arlt
Versión Pompeyo Audivert

Elenco 
Daniel Fanego, Roberto Carnaghi, Juan Palomino, Ivana Zacharski, Carlos Kaspar, Santiago Ríos, Mosquito Sancineto, Andrés Mangone, Pablo De Nito, Abel Ledesma, Fernando Khabie, Hilario Quinteros, Susana Herrero Markov, Eric Calzado, Carla Laneri, Hernán Crismanich, Mauro Pelle, Gabriel Páez, Melina Benítez, Dulce Ramírez, Milagros Fabrizio

Dirección: Pompeyo Audivert

jueves, 1 de junio de 2017

La muerte de Manuel Noriega

Ex general panameño, derrocado sangrientamente por una invasión militar norteamericana en 1989




por Alejandro Guerrero



El ex general y presidente de facto panameño Manuel Antonio Noriega ha muerto.
Tenía 83 años y había pasado los últimos 30 en cárceles de Estados Unidos, Francia y Panamá. Sólo salió de prisión para ser operado –dos veces en el mismo día− del tumor cerebral que finalmente lo mató. El actual presidente panameño, Juan Carlos Varela, dijo en un tuit que la muerte del ex dictador “cierra un capítulo de nuestra historia”. A su modo, tiene razón: muere el último caudillo del nacionalismo militar que tomó el poder en ese país centroamericano, en 1968, conducido por el entonces coronel Omar Torrijos, a quien entonces la izquierda latinoamericana siguió más o menos como un cuarto de siglo después seguiría a Hugo Chávez.
Y, si bien las comparaciones históricas son siempre arbitrarias, un punto en común tenía Noriega con Nicolás Maduro: fue el exponente de la última degradación y descomposición de aquel nacionalismo. En momentos políticos muy distintos, con personalidades diferentes y con un final también disímil.
El nacionalista Torrijos firmó en 1977 un acuerdo con el gobierno norteamericano de James Carter por el cual se traspasaba a Panamá, gradualmente, el control del Canal interoceánico, que hasta entonces era en los hechos territorio yanqui. Washington se comprometía a retirar sus bases militares y todos sus soldados –cosa que cumplió−, pero un tratado complementario le daba el derecho de intervenir militarmente si la seguridad o la operatividad del Canal se veían comprometidas. Esa cláusula dio una excusa al gobierno de George Bush (padre), en 1989, para bombardear Ciudad de Panamá, masacrar a centenares, tal vez a miles de personas, e invadir con sus marines para detener a Noriega. Aquella invasión, dicho sea al pasar, fue repudiada por la Asamblea General de las Naciones Unidas y por la OEA, lo cual sólo probó la impotencia de una y de otra.
Noriega había sido jefe de la inteligencia militar hasta la muerte de Torrijos en un extraño accidente aéreo en 1981. Desde entonces, aquel oscuro oficial fue “el hombre fuerte” de Panamá y así se hacía llamar a sí mismo. Como se supo después, había sido entrenado, armado e infiltrado por la CIA, con la que no dejó de colaborar hasta poco antes del final. Es más: cuando en 1984 el republicano de extrema derecha Jesse Helms pidió que Estados Unidos sacara a Noriega del gobierno panameño, el entonces director de la CIA, William Casey, respondió: “He’s my boy” (él es mi muchacho). Casi parafraseó a Franklin Roosevelt cuando dijo del masacrador colombiano Leónidas Trujillo: “Será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.
En algún momento, “el muchacho” de la CIA (también de la DEA) se les fue de las manos, como ocurrió con otros (Osama bin Laden, por ejemplo). Amparado por la inteligencia norteamericana, Noriega tenía vínculos fluidos con la Cuba de Fidel Castro y la Nicaragua del sandinista Daniel Ortega, y sobre todo con el Cartel de Medellín conducido por Pablo Escobar, que había instalado en Panamá bases de tránsito para transportar droga a territorio norteamericano. Mejor dicho, la política panameña se le fue de las manos a Washington cuando la dictadura de Noriega se encontró hundida en un caos económico y una crisis política y social que empezó a estallar con las elecciones fraudulentas de 1984; y en 1985, cuando apareció el cadáver decapitado del líder opositor Hugo Spadafora. Washington no podía (no puede) permitir así como así una revuelta social en Panamá, que le es estratégico, y menos en aquel momento con situaciones revolucionarias y guerrillas activas en media Centroamérica. Y Cuba aún era para Washington una cuña insoportable y la revolución nicaragüense estaba demasiado fresca.
Cuando las elecciones de 1989 fueron ganadas de manera aplastante por el opositor derechista Guillermo Endara, Noriega desconoció el resultado e hizo asumir a Francisco Rodríguez, un títere. De inmediato, un intento de golpe encabezado por el mayor Moisés Giroldi Vera fracasó por fallas de coordinación con los norteamericanos que lo respaldaban, y Noriega mandó fusilar al jefe golpista y a todos los oficiales que lo acompañaron. Entonces fue que aquel colaborador de la CIA y narcotraficante de vieja data perdió su última oportunidad de irse a su casa y disfrutar lo robado.
El 20 de diciembre de 1989 Busch ordenó bombardear Ciudad de Panamá y diversos objetivos en distintos puntos del país. Hubo centenares de víctimas civiles por bombas que cayeron en edificios no militares. De inmediato ingresaron 26 mil soldados norteamericanos de unidades de elite, comandos navales, de ejército y de la famosa 82ª División Aerotransportada. Fue, además, un experimento: usaron por primera vez los bombarderos furtivos F-117 Nighthawk y los helicópteros de combate AH-64 Apache, además de tecnología bélica de última generación contra una Guardia Nacional panameña de apenas 12 mil efectivos que por otra parte no presentó resistencia. El barrio El Chorrillo, de la capital, fue incendiado y masacrado por los marines. Se trató, en fin, de una masacre terrorista, para decirle claramente a América central hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Noriega, refugiado en un edificio de la Iglesia católica, se entregó el 3 de enero de 1990, mientras Endara, todo un símbolo, asumía la presidencia en una base militar yanqui.
Se trata, es cierto, de una etapa y una experiencia históricas que han quedado atrás. Es la hora, definitivamente, de la revolución socialista, de la revolución de los trabajadores. El nacionalismo burgués, como ahora Noriega, ha muerto.

lunes, 29 de mayo de 2017

La basura



por Ricardo Lusso



La esperanza es la supuesta sabiduría de conservar la calma, esa que destruye al ser humano.
El entorno de la noche se vuelve relajado y silencioso en los barrios del conurbano los domingos. Se oye todo, aunque nadie quiera hacerlo. Peleas, risas, jadeos, gatos maullar, perros ladrar, niños que corren y lloran. La intimidad es un deseo incumplido. Es el precio que se paga por el alquiler barato o tanta modernidad.
El menor movimiento es audible hasta para el que tenga dificultades auditivas.
Sin esmero, por ejemplo, se puede oír  aspirar a tu vecino en el patio contiguo. Primero una fosa nasal, después la otra.
Su mujer no cesa de hablar; hablar y hablar desde la habitación. Aunque parece que su voz se va perdiendo de a poco. Seguramente no hable más porque está dormida.
El vecino está solo sentado en el patio junto al tendedero lleno de ropas viejas, todavía sin secar. Las lluvias veraniegas son recurrentes.
Observa detenidamente y ve humanos colgados de la soga débil, inmóviles. Son rostros comunes. Las siluetas le son familiares a su cabeza torturada.
Julián, así se llama, contempla los rostros de sus jefes y supervisores que no paran de dar indicaciones y órdenes.
−No puede ser… Hasta acá me persiguen− piensa, meneando la cabeza con furia.
Mientras esas voces le hablan desde el patio se levanta de la silla, pasa por la cocina llena de cacharros sucios. Detiene su paso unos instantes, y sigue sin hacer escala en el baño, directo a la habitación. Sólo quiere descansar.
Recostada en la cama, mirando a la pared, yace su pareja. Que ahora no habla. Aunque cree oír: Te dije que al nene le falta… Toca el hombro de ella con el índice derecho. Se asegura. Ella está dormida.
Julián trata de recordar si es esa mujer la que dijo alguna vez: ¿Te quedás, amor…? Y su memoria no retuvo cuándo se quedó. Ni cómo apareció ahí. Se rasca la cabeza y pasa la mano por su rostro. Con el dedo  índice y pulgar aprieta su labio inferior. Sin darse cuenta lo estira hasta sentir dolor. Se queda parado, inmóvil,  un buen rato contemplando la espalda de su mujer semidesnuda. Al tiempo que ve la cuna y se pregunta: ¿Qué hace ese niño ahí?
Se sienta en el borde de la cama, agarra su cabeza con las dos manos, los codos sobre las rodillas. Todo el cuerpo le duele.
A lo lejos,  escucha el camión recolector de la basura, el ruido del motor y la pala mecánica no dan lugar a confusión.
Los señores de la basura anuncian que ya es tarde: ¡daleee! Se escucha después de cada frenada frente a los cestos con desperdicios.
−¡Daleeee! Y no paran hasta que se pierden a lo lejos, o quizá no tanto. En la otra cuadra. Pero ya es tarde, su suerte está sellada.
A Julián le duele cada articulación, cada músculo. Sigue sentado al costado de la cama, respira lentamente, todo da vueltas en la habitación, no tiene ganas de orinar o bañarse. La respiración de su pareja lo perturba. El niño está dormido. Algo lo atormenta, recuerda que debió sacar la basura. Se lamenta, enfurece. Pero sigue inmóvil.
Los ruidos y esas ideas no paran en su cabeza. No puede dejar esa furia de lado. Quiere, pero no puede. A veces quisiera ser un hombre de fe y tener esperanza.
−¿Cerré la puerta del pasillo… y la de la cocina? −se pregunta.
−El olor atraerá a los bichos– piensa, y traga saliva al tiempo que siente que las gotitas de sudor caen desde su frente para perderse en el piso, no sin antes recorrer su adormecida nariz.
De pronto, esa creencia se hace realidad. Oye transitar un enjambre de insectos por toda la casa. Cada “pasito” de muchos pasitos sobre la pintura de cal gastada por los años, lo torturan, retumban en su cabeza.
Quisiera agarrar el insecticida nuevamente, como hizo la otra noche a las dos de la madrugada y fumigar. Descargar por completo el contenido del aerosol con insecticida: debajo de la cama; debajo de la cocina; detrás del inodoro; en la otra habitación; en las alacenas; en  los placares; en la rajadura del techo; sabe que anidan ahí. Los observó salir varias veces de sus guaridas. Siente el olor a excremento que brota de las paredes, de los macos de las puertas y las ventanas, por todos lados. Los quiere asesinar, como hizo la otra noche, una a una iban cayendo a sus pies. Quiere que desaparezcan. Tiene la esperanza que lo logrará algún día aunque sea una guerra desigual. Vencerá.
−Se deben estar comiendo los desperdicios− piensa con bronca.
Su cuerpo no lo deja moverse. A lo lejos, saludándolo, ve un grupo de aquellos insectos. Con sus antenitas lo señalan y dicen:
−Tenemos todo bajo control. No te preocupes.
A Julián, una rabia incontenible lo invade.  Su cuerpo no responde.
Un mosquito le zumba al oído. Un sonido que se vuelve ensordecedor.
Quiere atraparlo pero sigue ahí, es intermitente el sonido, se ilusiona. Pero vuelve y se acostumbra.
−Aburre tanta persistencia− dice Julián con desánimo.
Julián no siente el pinchazo del mosquito sobre la parte superior de su mano penetrando la piel de su presa hasta saciar el hambre.
Mira a su hijo de reojo, que duerme en la cuna contigua a su cama, lo ve respirar plácidamente con movimientos suaves. Se alegra, sonríe, sin mover sus pómulos y labios.
−También sueño. Como vos, papá. Creyó oír al niño, y una pequeña parte de él se reconforta.
Aquella noche parecía la última noche. Los latidos de su corazón iban apagándose en su cabeza. Hasta que no los oyó más. La última exhalación lo hizo olvidar el mal trance.
A la mañana siguiente despertó tumbado sobre la cama.  El llanto del bebé pidiendo de comer a su madre lo sobresaltó. Desde la cocina escucha a su compañera: −¡Uhhh!  la basura, la basura… ¿no sacaste la basura? Si te dije anoche… Es un desastre este olor, una mugre, hasta esta noche no pasan los de la basura…− se lamente ella.
Es lunes. Julián pasa al baño apresurado, dando tumbos, mareado. Quiere lavarse los dientes, la cara y prepararse para salir al trabajo.
Mira el reloj: Y ya es tarde, dice. Sabe que no podrá  desayunar.
Julián se promete que aquella noche sacará la basura.  Pero,  será inevitable oírlo sentado en la silla del patio aspirando. Una fosa primero y otra fosa nasal después.
Esperando, en silencio, aquello que nunca llega.

martes, 25 de abril de 2017

"Quiero que lo pienses"



por Ricardo Lusso



Una tarde de setiembre en Puerto Iguazú, Roberto Bustos esperaba algún pasajero en su remís (un Ford Focus azul) en la terminal de ómnibus. El celular le interrumpió la somnolencia.
−¿Dónde andás? −preguntó una voz tajante.
−En la terminal ¿Adónde voy a estar? −contestó desanimado.
−¿Pudiste pasar? Mirá que no tenemos mucho tiempo… ¿También pudiste conseguir lo otro?
−No, no, no, todavía no… Estoy esperando −la comunicación se cortó abruptamente.
Alrededor de él, cientos de personas subían o bajaban de los micros, otros caminaban apurados y algunos sólo esperaban, como él, con sus grandes bultos y valijas. En medio de la multitud, Roberto se sentía solo, muy solo. En verdad, estaba completamente solo, desoladamente solo. Los vendedores ambulantes cubrían con nylon sus chucherías y preparaban sus puestos para el día de mañana. Empezaba la noche y llegaban nubarrones arrastrados por el viento norte, cálido, pesado.
Un ómnibus acababa de entrar. Venía de Foz de Iguazú. Iba repleto. Una mujer se bajó de ese micró y se dirigió directo al Focus. Ahora la lluvia, súbita como suele por esos parajes, no dejaba ver bien a través de los vidrios. El limpiaparabrisas se movía con su cadencia repetida, aburrida. La mujer trataba de abrir la puerta trasera, pero estaba trabada. Lo intentó nuevamente, hasta que Roberto levantó la traba y la puerta por fin abrió.
−Un cajero, necesito un cajero… −dijo ella. Cuarenta y tantos, tez blanca, pelirroja teñida.
A Roberto se le ocurrió en el momento
–Esta es la mía, no la puedo dejar pasar… Es porteña, seguro…
Ella estaba ansiosa, muy ansiosa.
−Necesito ya un cajero, tengo que volver al hotel en Foz… me olvidé de avisar al banco que viajaba y no tengo un peso, o real, lo que sea ¿Aceptarán pesos argentinos en Foz? Necesito un cajero para sacar plata ¿me puede ayudar? Lo necesito ahora ¡por favor!
Ella se sentó en la parte trasera del auto, Roberto no decía palabra alguna. Ella seguía.
−Tengo a mis dos hijos en el hotel, tengo que volver cuanto antes… rápido, por favor. No sé ¿dónde hay un cajero? Dejé a mis hijos en custodia con la gente del hotel, imagínese si les pasa algo… Los dos se quedaron en la pileta… Espero que el más grande no se ponga a tomar alcohol. Es menor, imagínese el lío que se arma. Es que fui al cajero del hotel, puse la tarjeta y la rechazó. La puse de nuevo, puteando al maldito cajero. De nuevo y de nuevo, y otra vez la rechazada. No puede ser, pensé, qué hago ahora. Hasta que se acercó una señorita del hotel, argentina, muy amable, y me explicó que no podía sacar plata si no le había avisado al banco que iba a otro país. Imagínese ¿qué hago ahora? ¿Cómo hago? y me dijo venga, firmé unos papeles y los dejé allá. Tengo el permiso del padre, si se entera que los dejé en otro país solos y sin plata… me mata… aunque él sea flor de pelotudo también. Señor ¿puede ayudarme? Por favor, lléveme a un cajero…
Roberto tenía problemas, pero no contuvo la risa. Con las dos manos en el volante, miró a su pasajera por el retrovisor. Ella se irritó más.
–¿De qué se ríe?
−Es que sos muy bonita y también graciosa… Tranquila, hay un cajero acá dos cuadras, te puedo llevar…
Ahora los dos se ríen juntos.
−Perdoname –dijo ella, y Roberto registró el tuteo−, estoy un poco nerviosa.
El Focus partió hacia el cajero. Bajaron ambos y ella le dio su tarjeta. Roberto la introdujo, ella puso la clave.
–Es increíble esta mujer –pensó él.
−Te llevo a Foz, es sin cargo –propuso Roberto.
−No, no hace falta, gracias –la negativa de la pelirroja quería decir lo contrario y se le notaba en la voz.
−No me cuesta nada... ¿Pensaste venirte a Iguazú? −preguntó Roberto como al pasar.
Ahora la colorada tenía cara de sorpresa. El Focus ya iba hacia Foz. Roberto siguió.
−Yo soy divorciado, tengo una hija de trece años. Candela, se llama.  Compré con la indemnización un terrenito en Foz. Venite, sos muy bonita.
La colorada pensó ¿puede ser que este tipo me esté proponiendo matrimonio? Para su propia sorpresa, se sintió adulada.
–¿Cómo te llamás?
−Carla.
−Hermoso nombre.
La lluvia ahora era más intensa. Pasaron como si nada el puesto de control fronterizo. Apenas un hola… Roberto hizo un ademán con la mano izquierda. “Hola”, contestó el policía con acento portugués… siguieron sin más.
–¿No debería presentar documentación? −pensó Carla. Era evidente que ciertas caras pasaban esa frontera una y otra vez sin control alguno. Siguieron camino al hotel.
−¿Dónde están parando?
−En el hotel Carama.
−¿Y no pensás volver a enamorarte? Una mujer tan hermosa, tan inteligente… yo acá tengo un terrenito… podés venirte con los chicos…
Carla rió.
−No, no… hace un par de años estuve enamorada, pero ya no más.
−¿De tu marido?
−No, de mi marido no estuve enamorada nunca. Fue de un novio, pero ya fue. Era un imposible, un impostor, un…
−Siempre hay otra oportunidad… conmigo la tenés.
A Carla, la sorpresa le transformaba la cara.
−No, no –contestó, y ahora sin querer empezaba a levantar la voz.
El Focus se estacionó frente a la puerta del Carama. Roberto sacó una tarjeta de la agencia de remises, anotó un número y se lo dio.
−Este es mi celu particular. Yo quiero que vos lo pienses ¿sabés? Podemos volver los dos a pensar en formar algo. Yo tengo un negocito acá. Vos podés dar clases ¿dijiste que sos profesora de inglés, no?... tenemos otra oportunidad.
Ahora Carla se sintió casi irritada.
−¡Ni loca! –contestó. Cerró la puerta del auto entró en el hotel con paso rápido, sin mirar atrás. En la mano, sin embargo, llevaba la tarjeta que le había dado Roberto.
Mientras tanto, el hombre la miró perderse en el hall del hotel
−Era mi última esperanza −pensó.
Al regreso hizo la parada que le habían pedido y dejó el paquete en el cesto de la basura de la intersección de la avenida Morenitas y Serafim da Silva. Continuó por la avenida Mercosul, cruzó nuevamente los puestos de control fronterizo como si nada. Hola… Hola…
El teléfono sonó otra vez. Roberto atendió.
−¿Entregaste?
−Sí.
−¿Y cómo te fue con el otro tema?
−Nada, subió una al auto pero no aflojó. No conseguí nada, aunque me dijo que lo iba a pensar… prometió llamarme… −mintió.
−Sí, sí, claro. Tenías tiempo hasta esta noche, lo sabías. Hoy se definía… Bueno, andá de la Charito que ahí te van a dar algo para llevar…
−¿A esta hora?
−Sí, a esta hora…
Roberto sintió que el miedo le subía con la bilis. Los brazos le pesaban demasiado cuando tomó Estanislao del Campo y fue a lo de “la Charito”. No quería abandonar la esperanza inútil de que la colorada lo llamara en algún momento durante los próximos minutos. Necesitaba antes del día arreglar el tema de una pareja, necesitaba esos papeles para solucionar una macana que de otro modo sería imperdonable. El barro rojo en las calles hacía patinar las ruedas del Focus, que quería ladearse a un lado y a otro y casi tocaba las zanjas en los dos costados del camino. Ya estaba acostumbrado a manejar en esas condiciones, pero esa noche era distinta.
Una par de lámparas iluminaban la calle casi descampada, de pocas casas, y algún que otro galpón se divisaba a lo lejos. La lluvia se había transformado en llovizna tenue, molesta. Se detuvo frente a la casa de Charito, tocó bocina. Nada, nadie salía. Tocó nuevamente. Nada. Con bronca se puso la campera negra con capucha y bajó pisando el barro de la calle con dificultad. Ese barro de mierda podía mandarte a la zanja en cualquier descuido. Golpeó las manos y gritó.
−¡Charooo! ¡Charooo!
Para colmo, de nuevo llovía fuerte, muy fuerte.
Nada como la lluvia para apagar los sonidos, dicen. Eso pasó con los dos disparos secos que sonaron entonces. Después el silencio, o mejor dicho la lluvia. Sólo la lluvia,
Roberto quedó al borde de la zanja, la cara hundida en el barro, definitivamente muerto.
Dos hombres lo subieron al baúl del Focus. Pusieron el auto en marcha y rumbearon hacia la costa, para que el río, los peces y las alimañas hicieran de las suyas.
Del otro lado de la frontera, Carla les contaba a sus hijos, entre carcajadas, sus andanzas con el remisero enamorado. Su hijo mayor dijo a risotadas
−Tendrías que haber agarrado viaje, mamá, llamalo.
Carla miró la tarjeta, la hizo un bollito y la tiró en el cesto de la basura.
−¡Brindemos por el enamorado! –dijo, y volvió a reír con esa risa clara, sonora, esplendorosa.

miércoles, 12 de abril de 2017

“Encaje español”: un crimen de la Inquisición llevado al teatro



por A.G.



El 1° de diciembre de 1703, en San Miguel del Tucumán, la Negra Inés, una esclava, fue ejecutada por el garrote vil y sus restos arrojados a la hoguera. Así se cumplía la condena contra ella por “hechicería pública y tratos con el demonio”, causal de pena de muerte en las provincias de Córdoba del Tucumán y Salta del Tucumán. La Negra Inés fue muerta después de esperar su condena en las mazmorras del Cabildo de Córdoba.
Aquel crimen de la Inquisición en el Virreinato del Perú se transforma ahora en un drama teatral con guión de la escritora y poetisa Eugenia Cabral y la dirección de Julio Cortés: “Encaje español: Indias, brujas, negras, herejes, ladronas”. Con un epígrafe notable: “Hace 310 años las golpeaban y mataban…”
Así, una parte de la historia social argentina –una parte casi desconocida, la de los crímenes de la Inquisición en estas tierras− llega al teatro, con las actuaciones de Florencia Rodríguez, Alejandra Barrios, Fabián Kobrin y Matías Alarcón.
Se puede ver todos los viernes de abril, a las 23, en el Espacio Cultural Urbano, Acevedo 460 (entre Corrientes y Vera, a cuadra y media de la estación Malabia-Pugliese del subte C). Más informes en el 15-57579486.

La función del viernes 7 fue dedicada a los trabajadores de AGR-Clarín que ocuparon la planta durante más de 80 días y siguen la lucha por su reincorporación.

lunes, 10 de abril de 2017

Ecuador y los falsos dilemas



por Gustavo Montenegro




La victoria del candidato oficialista Lenin Moreno en los comicios ecuatorianos ha sido saludada por el progresismo continental como un freno al avance de la derecha.
Pero lo cierto es que el retroceso electoral del oficialismo ha sido estrepitoso: los resultados de la primera vuelta implicaron una caída de diecisiete puntos con respecto a la última reelección de Rafael Correa, así como la pérdida de la mayoría de dos tercios en la Asamblea Nacional. En el ballotage, el banquero Guillermo Lasso –que denuncia fraude y no reconoce los resultados- cosechó el apoyo de otras expresiones políticas y quedó a apenas tres puntos de diferencia del candidato del oficialismo.
El telón de fondo de este retroceso es la crisis económica. La caída de los precios del petróleo le dio un golpe demoledor a la economía ecuatoriana y mostró los límites insalvables de la ‘revolución ciudadana’, que montó sobre la bonanza petrolera y minera una importante malla de contención social pero sin proceder a ningún cambio de fondo en las relaciones sociales. El agotamiento de ese régimen (que Correa complementó con una política de cooptación y represión de los movimientos populares -quita de la personería gremial al gremio de maestros) ya estaba dado, no dependía en absoluto –contra lo que repitió hasta el hartazgo Página 12- del desenlace electoral.
Lenin Moreno, quien durante toda la campaña se cansó de aclarar que sería el presidente del ‘diálogo’ y la ‘unidad’, será el encargado de dar un salto en una política de ajuste que inició el mismo Correa, con medidas como el aumento del IVA.
Pese a las diferencias entre Lenin Moreno y Lasso en materia de política y exterior y en los ritmos del ajuste, la coincidencia entre ambos en la necesidad de avanzar en un recorte, que deberán pagar las masas, es nítida.
Sin mucho para ofrecer, las campañas de ambos candidatos en el ballotage tuvieron un enfoque negativo: unos enfatizaron el miedo al regreso a los ‘90; los otros invocaron el fantasma de una Venezuela devastada.
La izquierda y el centroizquierdismo ecuatoriano han cumplido un papel sumamente negativo, acentuando una polarización ficticia. El dato más notable es que todo un sector de los sindicatos y movimientos sociales se alineó expresamente con la candidatura del neoliberal Lasso, en nombre de derrotar lo que califican como un régimen dictatorial.
El primero en dar el apoyo a Lasso fue el general “Paco” Moncayo, que agrupó a estos sectores en la primera vuelta cosechando un 7% de los votos. Estos sectores no sólo hicieron un llamado a votar a Lasso sino que se encargaron de llamar expresamente –en una declaración suscripta por organizaciones de peso como la UGTE y la Unión de Educadores- a “no votar nulo o blanco porque favorece al candidato oficialista”.
El estalinista PCMLE (Partido Comunista Marxista Leninista del Ecuador), que fue a fondo en esta política, reconoció que ambas fórmulas “representan los intereses económicos y políticos de la gran burguesía” pero señaló que “nuestra postura busca propinar una derrota a la facción burguesa en el poder que se ha convertido en el enemigo político principal de los trabajadores” (En Marcha 1765, 30/3). Un círculo de nunca acabar: para derrotar a la facción burguesa en el poder, buscaron contribuir –sin éxito- a la victoria de la facción burguesa en la oposición. En definitiva, el criterio de este grupo implica la postergación indefinida de la construcción de una salida independiente de los explotados.

La nueva etapa que se abre en Ecuador reclama que el movimiento obrero, indígena y campesino asuma una fisonomía política propia.