miércoles, 7 de noviembre de 2018

Irredentos



por Eugenia Cabral




Los poetas de Córdoba sobrevivientes a la era
del Terrorismo de Estado somos unos perdedores.
Cuando no nos encierran en los manicomios,
nos volvemos alcohólicos, nos secuestran a los hijos,
nos quita la vivienda un estafador, 
nos suicidamos a los veintiún años,
somos indígenas y usamos peluca rubia,
en pro de la salud dejamos de fumar tabaco
para fumar marihuana, o fumamos tabaco
para salvarnos de la locura;
nos cambian de domicilio por el solo hecho
de haber realizado un viaje a otra ciudad;  
viajamos constantemente de ciudad en ciudad;
trabajamos en la recolección de basura
y un día encontramos al fondo del depósito
un libro de Alfonsina Storni que nos abrirá a la poesía;
nos niegan un gran premio y declaramos haberlo obtenido;
necesitamos cambiar de rumbo estético
tras una operación de columna,
o tras un accidente de tránsito,
que nos haya postrado por largo tiempo,
sorprende el cáncer a los veinticuatro años y nos aniquila
después de haber conocido las maravillas del amor;
dejamos un arcón de madera lleno de manuscritos
en la casucha de una pensión miserable;
nos dedicamos poemas unos a otros sin saber
que las dedicatorias son llave de rupturas;
nos volvemos casi ciegos leyendo
hasta en las paradas de ómnibus;
nos atenazan los ataques de pánico hasta desmayarnos;
los maridos y las esposas nos despojan de nuestros bienes,
o nos persigue la miseria durante toda edad, todo esfuerzo;
nos consume la pasión erótica hasta obnubilarnos;
sabemos tantísimos sonetos de memoria,
componemos tantísimos sonetos cuasi perfectos;
publicamos nuestros libros pagándole a un editor,
nos endurecen la envidia y el resentimiento
hasta el punto de negar a nuestros pares,
nos pasamos la vida buscando libros
que probablemente se hayan salvado de la quema
realizada por la dictadura militar;
nos volvemos peronistas después de haber sido marxistas;
fuimos trotskistas siempre, perretianos siempre;
nos pasamos las noches y los días buscando
la manera de editar libros y revistas, nos gastamos
la mayor parte de nuestros salarios adquiriendo
libros nuevos o usados, desconocidos o agotados;
reivindicamos la producción de un autor
sólo para defenestrar a otro;
nos lloramos sin haber luchado,
reunimos dineros y firmas para nobles causas,
reivindicamos los poemas de un autor
que ya nadie querría leer;
vivimos queriendo ver el mar
porque somos mediterráneos,
nos dividimos en gremios y asociaciones;
antes éramos pocos y ahora, muchísimos;
olvidamos los nombres y las obras
de nuestros antepasados;
al final juntamos los pesos necesarios
y llevamos nuestro libro a la imprenta más barata;
practicamos la endogamia hasta el colmo de formar parejas
entre nosotros mismos, después nos divorciamos…
en suma, no tenemos redención,
pero vamos teniendo biografías.

viernes, 26 de octubre de 2018

Sheila: un crimen desde lo profundo de la oscuridad


“El narcotráfico y la xenofobia son parte de la vida cotidiana”





por Alejandro Guuerrero



El llamado “Campo Tupsay” (del guaraní Tupsӑy, que significa Virgen María), está en Trujuy, una barriada que pertenece en parte a Moreno y en parte a San Miguel. Se encuentra en Camino del Buen Ayre y Ruta 23. Lo del narcotráfico y la xenofobia lo dice la abuela de Sheila, la niña violada y asesinada, y el periodista añade: “Dicen quienes viven ahí que el narcotráfico es cosa de todos los días” (Clarín Zonales, 23/10). Ahora, desde que ocurrió el crimen, ese predio de 20 mil metros cuadrados (dos manzanas) está militarizado por la Bonaerense y Gendarmería, y dicen que el juicio de desalojo comenzado en 2009 por la recolectora de basura Panizza, podría acelerarse.
Hasta ese año funcionaba allí una bailanta paraguaya pero fue clausurada. Entonces la compró Panizza y comenzó el juicio de desalojo de unas 50 familias que viven hacinadas en ese lugar, en la marginalidad, en la peor miseria material y moral. La degradación y la descomposición de las franjas más empobrecidas de la sociedad, las que quedaron afuera de todo, tienen allí una pintura atroz, indecible.
Tupsӑy es un predio cerrado con portones de hierro, muros, árboles y casas precarias. Ahora, la Bonaerense y Gendarmería han cerrado el lugar, si bien no impidieron que vecinos de otros barrios lo atacaran a piedrazos después del crimen de Sheila. “Antes no se veía a ningún patrullero dando vueltas, dice Mariela, del aledaño barrio Mitre” (ídem). En tiempos pretéritos, el vecindario de los aledaños cruzaba ese barrio para llevar a sus hijos a la escuela 18; ahora, en cambio, caminan ocho cuadras para rodearlo. El asunto tiene su lógica: nunca se ven patrulleros “dando vueltas” cuando “el narcotráfico es cosa de todos los días”. El narcotráfico en esa escala es imposible sin respaldo policial.

El gallo ciego

“Yo soy ciego y no veo nada
A quien diere no se me da nada”

Dicen las viejas historias que el juego del “gallo ciego” comenzó a practicarse en Francia hace mil años, después de que un caballero llamado Colin Mallard quedara ciego en una batalla y, sin soltar su espada, se negó a que lo curasen y siguió peleando hasta morir. El rey mandó que en los torneos siempre luchara un caballero con los ojos vendados para recordar el coraje de aquel hidalgo.
Con los años el “juego” se reprodujo en las aldeas pero con niños a partir de los 9 años. Luego de recorrer el mundo durante un milenio, aquella brutalidad llegó al Bajo de Buenos Aires, a los tugurios del Paseo del Prado (hoy Leandro Alem), traída por marineros que se divertían y apostaban con la sangre de chicos de entre 10 y 13 años.
La costumbre nunca se perdió, aunque lejos de toda hidalguía e incluso de aquellos divertimentos del Bajo porteño.
En los barrios más marginales —más que las villas— se ha instalado la costumbre de la “riña de niños”. La abuela de Sheila cuenta que la chica de 10 años, el sábado anterior a su asesinato, fue obligada por su padre a pelear contra otra nena de su misma edad, “El padre la obligó (…) la hacían pelear por plata”, añadió la mujer (Diario Popular, 20/10). El crimen de la chica ha puesto a la luz pública una práctica antigua, oscura, de la que el público en general sabía muy poco.
El especialista en seguridad Luis Vicat explicó: “La modalidad de utilizar menores en combates feroces se viene registrando en lugares de extrema vulnerabilidad de las víctimas” (ídem), y agrega: “En barrios de emergencia siempre se apostó en competencias entre niñas y niños (…) campeonatos de fútbol donde vale todo”, en las que fracturas y aun lesiones peores son más que comunes.
En cuanto a las peleas, dice Vicat: “Para las apuestas se eligen diferentes categorías, siempre con nenas menores de edad (…) las peleas pueden ser entre chicos, niñas como en el caso de Sheila (…) o mixtas, con parejitas enfrentándose” (ídem).
Los combates ni siquiera se hacen al aire libre. En esos clubes también luchan —en una parodia de boxeo— personas adultas, sin guantes. “Siempre se apuesta por dinero o su equivalente a un monto en drogas”.
Las apuestas generan deudas, venganzas, ajustes de cuentas y hasta homicidios. En esos barrios hay códigos y leyes internas que impiden decir que no. Todos callan, nadie denuncia, el acatamiento es la norma. La aberración se ha vuelto rutinaria, desapasionada, banal, diría Hanna Arendt. Por cierto, quien quiera juzgar estas cosas desde el punto de vista de la moral burguesa o pequeño burguesa no logrará entender nada. Como dijera hace un siglo Roberto Arlt: “El que haga la apología o la nostalgia de esos barrios sólo puede ser un izquierdista pequeño burgués que sólo conoce de la pobreza a su propia sirvienta”.

Víctimas y victimarios

La autopsia preliminar hecha al cadáver de la niña martirizada muestra señales de abusos sexuales antiguos. En la vulnerabilidad de esos barrios, los más vulnerables son los niños. El padre obligaba a la niña a pelear, sus tíos abusaban de ella como seguramente hacían otros parientes sin que nadie, ni siquiera sus padres, vieran la abyección como una anormalidad. Por el contrario, la abyección es allí la norma. Se trata de un terreno en el que víctimas y victimarios se confunden: los tíos que supuestamente asesinaron a Sheila seguramente fueron abusados ellos mismos desde que tenían meses. La banalidad del mal. Además, la pareja convivió días con el cadáver de la niña dentro de su casa, algo que ha ocurrido muchas veces. La relación con la muerte en los últimos escalones de la sociedad es distinta.
Y corresponde volver al principio: “el narcotráfico es cosa de todos los días”. Y donde el narcotráfico es cosa de todos los días (incluso la madre de Sheila se dedicaba a la venta de cocaína al menudeo) está presente la policía. Es imposible que no lo esté.
Correspondería preguntarse, así, por qué los sospechosos fueron interrogados (y allí “confesaron”) en una repartición policial y no en sede judicial, de modo que la tal “confesión” no tiene valor legal alguno ¿Se trató de un interrogatorio o de una negociación para que los acusados no dijeran ciertas cosas?
Otras dudas al pasar: ¿Por qué Policía Científica llegó cuando un tropel de agentes estaba allí desde hacía por lo menos media hora, de modo que la contaminación de la escena del crimen se volvía inevitable?
Será, seguramente, un asunto destinado a perderse en la bruma de otros casos. De lo contrario, dejaría mucha tela para cortar.

martes, 9 de octubre de 2018

El “Plan Blattodea” y las cucarachas albinas



Por Sebastián Rodríguez



         

Debo admitirlo. No son pocas las circunstancias que hacen brotar mi mal genio. Incluso alguien, alguna vez, insinuó que son demasiadas. Creo que exageraba un poco. Entre muchas, reconozco una situación capaz de ponerme casi violento. Eso me volvió a suceder. Hoy. En el momento menos oportuno. A horas del casamiento de mi mejor amigo. Aunque algunos insisten en que pasaron varios días.
Juro no faltar a la verdad cuando digo el motivo de mi ausencia al casorio. Que la pareja de mi amigo haya sido mi novia no determinó el faltazo. No haría semejante chiquilinada por más que siga tan enamorado como dicen que sigo. Juro, una vez más, que quien me conoce sabe de mi fobia. Que en realidad no es al bicho en cuestión sino a su proliferación dentro de la casa. La de hoy era una cucaracha casi transparente. Albina, para quienes desconocen la materia. Una ninfa, para lo que sabemos y entendemos, alarmados por el riesgo. Porque sabemos bien que entre treinta y cuarenta ninfas nacen por cría. Lo que implica, por carácter transitivo, una buena probabilidad estadística de treinta y nueve mil cucarachas pululando los esos rincones de la casa en busca de alimentos. Además de la segura existencia de un nido oculto preparando nuevas generaciones al acecho. Ahí reside la explicación profunda. Llegó el momento de hacer público el secreto guardado durante años: El “Plan Blattodea”. Un plan de dominación que amenaza a la humanidad entera.
Es un plan macabro por lo real. Su objetivo es, en principio, apropiarse de mi casa, devorar todo lo que hay en ella. Incluso a mí. Y a mi perra Roxi. Establecer aquí mismo su centro de operaciones y no detenerse hasta dominar el planeta. Casa por casa.
El simple mortal es incapaz de advertir la amenaza. Lo sé muy bien. Yo mismo me di cuenta casi de casualidad. La vi aquella tarde otoñal mientras tomaba unos amargos en el jardín de mi casa. Un día muy triste, imposible de olvidar. Roxana me había dejado por un amigo.
La vi en el jardín cuando trepaba una pared, como si el bicho inspeccionara el terreno. La seguí, estudié sus movimientos. Nada de lo que hacía era casual: era comando de avanzada. Cuando encontró un hueco entre los ladrillos de la pared descascarada se escondió y ahí permaneció durante horas. Tal vez reponía energías. O repasaba cierta información clasificada. Un día entero estuve de pie con la mirada puesta en la trinchera enemiga. Por fin, cuando se decidió a proseguir su exploración y emergió del agujero, pude descargarle unos martillazos. Con la vida del bicho se fue una buena parte de la pared. Daños colaterales le llaman. Aunque el vecino nunca lo entendió y no me habló más. Decía algo de la propiedad de su medianera y de un resarcimiento que nunca entendí. Claro, él pertenece a los mortales sumergidos en las sus preocupaciones del día, como los demás. Así, al fin y al cabo, juegan para el enemigo. Creo que ligó algún martillazo.
Desde entonces me preparé para la guerra. Día tras día. Consumí a granel información del enemigo. Acumulé armas letales como insecticidas y pesticidas de todo tipo. Esperaba ansioso el momento de la batalla final. Pero sucedió lo que nunca sospeché. Un golpe demoledor. Descubrí que los invasores habían instalado un puesto de vanguardia delante de mis propias narices. Juro, y vuelvo a jurar, que casi desfallezco cuando vi a la ninfa muerta en la cocina. De repente sentí que mis sueños de desplomaban, Sentí que yo me desplomaba con mis sueños.
Me repuse rápidamente. Me había preparado años y no pensaba dejarme vencer así como así. No era justo conmigo mismo si no resistía hasta el final. Empecé por revolver todos los cajones. Desparramé casi desesperadamente su contenido por el suelo. Separé la ropa con ayuda de los pies mientras vaciaba los muebles. Los cajones terminaron en el suelo. Era necesario inspeccionar los muebles a fondo. Después revisé cada milímetro de las paredes con una lupa que mantuve años oculta para este momento. Di vuelta una y otra vez la cama. Rocié con insecticida, que también guardaba en secreto con unos fósforos, toda la habitación. Cuando empezaron a arder las sábanas y el colchón perdí el conocimiento.
Desperté sujeto a una cama una vez más. Personas de blanco me dijeron que sucedió otra vez. Que mi familia estaba informada y los vería pronto. Que pasó hace varios días. Les conté por fin lo del plan macabro. Fue un desahogo. No podía seguir soportar tanta presión en soledad. Para que alerten al gobierno al menos. Les pregunté por el casamiento de mi amigo y les conté mi tristeza por no haber ido. Más tarde, gente que decía ser de mi familia me explicó que estoy hospedado en este edificio gris, casi sin luz, hace unos años. Que ya no tengo casa. Ni vecinos. A mi amigo ni lo mencionaron. No pregunté más. Ellos, como siempre, hicieron muchas preguntas. Entendí que había caído en manos del enemigo. Querían más información. Comprendí que el plan es más grande de lo que suponía. Aumentaron mis palpitaciones y mi sudor. Y, de repente, me volví a dormir.

jueves, 4 de octubre de 2018

Aborto




por Laura Trombetta



Al Negro no le gusta usar forro, dice que es como coger con una bolsa  y eso no tiene gracia, tampoco quiere terminar afuera, si no quiero quedar embarazada entonces tengo que aceptar que sea “por atrás”,  pero eso a mí no me gusta, y le tengo miedo. Y este mes no me vino. No sé que voy a hacer.
Puedo ir a lo de la Irma. Ella dice que sabe como hacértelo perder.
Pero el mes pasado la Julia fue y después la internaron en el hospital con unos dolores terribles y se murió.
Y si me muero ¿quién va a cuidar a mis críos?
La Mary es chiquita, apenas puede con su cuerpito.
Podría decirle a la patrona, quizás ella sepa de alguien. Siempre me está diciendo que cuando tenga un problema puedo contar con ella. Pero me da vergüenza. Es tan fina, siempre hablando bien, nunca se manda ninguna puteada, dice que las mujeres nos tenemos que cuidar entre nosotras y hacernos respetar.
Los viernes me prepara un paquetito, para que se los lleve a los chicos, dice, y ellos esperan esas macitas ¡Son tan ricas! Las compra en una confitera del centro, cuando sale del trabajo, del estudio.
Dice que allí ve de todo. Pero yo creo que ella ni se imagina lo que es ser pobre.
Su casa tiene baño con todo. No como en la casilla que alquilamos, para bañar a los chicos tengo que calentar agua y ponerlos dentro del fuentón. A ellos les gusta, pero…
Dice que defiende a las que les pegan, pero que es difícil, muchas no quieren dejar la casa, no tienen a dónde ir. Y por lo menos tienen un plato de comida y una cama y sus hijos están bien.
Ahora escuché por la tele que algunas quieren que nosotras tengamos la posibilidad de abortar como las ricas ¡Así quién no!
La patrona antes de salir se pone un pañuelo verde, dice que es para que todos sepan por lo que luchamos, así, en plural.
Me quiso dar un pañuelo, pero tengo miedo que al Negro le moleste. Él piensa que esas son unas mal cogidas o trolas. Que ahora las mujeres la pasamos rebien, si no que mire a su madre. Su viejo volvía todas las tardes en curda y la cagaba a trompadas, pero ella jamás se quejó y tuvieron 10 hijos, todos laburantes, ninguno ladrón.
Pero yo no quiero más chicos. Ahora el Juan ya va al jardín y yo puedo salir a  trabajar.
Me arriesgo y le hablo a la patrona.
—Señora, puedo pedirle un favor….





viernes, 14 de septiembre de 2018

En el 130° aniversario de la muerte de Domingo F. Sarmiento




Por Alejandro Guerrero



“¡Hiju’na’gran puta, al fin te dejarás de joder!”, gritó un hombre que miraba, desde las cercanías del Congreso donde había sido velado, pasar el féretro que transportaba el cadáver de Domingo Faustino Sarmiento, recién traído desde el lugar de su muerte, Asunción del Paraguay. El hombre se equivocaba: aquel “cuyano alborotador”, como lo llamó José Ignacio García Hamilton, no se deja de joder hasta el día de hoy; por el contrario, es aún uno de los hombres más polémicos de la historia nacional.
Este 130° aniversario de su muerte (11 de setiembre de 1888) resulta especial en uno de los aspectos clave de la vida política de Sarmiento: su libro “Educación popular” (seguramente el menos publicado y menos conocido), propulsor del I Congreso Pedagógico de 1882 y de la ley 1420 —redactada en gran parte por el propio Sarmiento— de educación pública, laica, gratuita y obligatoria, es destruido en sus principios por la derecha liberal (que de liberal no tiene nada) que hoy gobierna la Argentina y transforma en ruinas los principios educacionales de quienes se propusieron la utopía de construir una Argentina capitalista pujante y poderosa.
“¡Cuántas industrias podría mover toda esta energía!”, exclamó Sarmiento cuando vio por primera vez las cataratas del Niágara. Lejos de conmoverse por una belleza natural, Sarmiento mostraba entonces su obsesión industrializadora, la herencia de la Revolución Francesa (sobre todo de Nicolás Condorcet, opuesto a toda educación dogmática, elitista y religiosa) y del proceso independentista norteamericano (en especial del educador y artista Horace Mann). He ahí su punto de coincidencia con Juan Bautista Alberdi, con quien tuvo discusiones y contradichos durísimos por la cuestión patagónica y la guerra del Paraguay.
En verdad, la cuestión educacional había sido una preocupación desde los primeros gobiernos nacionales posteriores a la llamada “organización nacional”. En principio por el de Bartolomé Mitre (1862-1868), pero fue a partir de la presidencia de Sarmiento (1868-1874) cuando el tema se vinculó con un proyecto más integrado de desarrollo económico. Al asumir Sarmiento, el analfabetismo (él ordenó el primer censo nacional) superaba el 70 por ciento. Por lo demás, al igual que Alberdi, sostenía una propuesta diversificada de la producción, opuesta al monocultivo. Por eso llegó a llamar a los latifundistas de su tiempo “oligarquía con olor a bosta de vaca”. Confiaba, al mismo tiempo, en una República parecida en su desenvolvimiento a los Estados Unidos y a las naciones más avanzadas de Europa. Fue el primero, también, en promover la educación femenina en términos igualitarios a la de los varones.
Esa idea de nación avanzada lo condujo a sostener una política sencillamente brutal contra los pueblos indígenas que no aceptaran la autoridad del gobierno nacional, y a un proceso tardío de proletarización a palos de la población rural y de que lo que él y Julio Roca llamaban “el espíritu de las montoneras”. En verdad, cuando Sarmiento y Roca hablan de “las montoneras” ya no se refieren a un aplastamiento militar sino a la posibilidad de que el ferrocarril prolongara hacia el interior al puerto de Buenos Aires, con lo cual los antiguos caudillos federales podrían acceder, también ellos, al mercado mundial que golpeaba a las puertas del Plata con su reclamo de carnes y de granos.
Contra esa realidad ineludible chocarían las ideas de Sarmiento: la economía internacional creaba a la clase terrateniente argentina y, con ella, a una industria subsidiaria de la producción pastoril.
En definitiva, el fracaso de Sarmiento es el de los intentos de transformar a la Argentina en un país industrial de avanzada. La mascarada trágica, el carnaval fúnebre que es el gobierno de Macri —supuestamente “liberal”, continuador de aquellas ideas— se arrodilla ante el FMI (Sarmiento era, en cambio, un obsesivo opositor al endeudamiento externo). Las ideas en ruinas de Sarmiento tienen su expresión sanguinolenta en el crimen de la escuela de Moreno, en los colegios en ruinas y en los niños mal alimentados que concurren a ellas, junto a la miseria salarial de los docentes.
Una burguesía, en definitiva, sin ninguna gloria, sin ningún loor, y mucho menos honra. Es una clase social que debe ser expulsada del poder para que aquellas ideas de desarrollo global y armónico de la economía, y un sistema educacional potente e integrado a ese desenvolvimiento, sean ejecutadas por la clase obrera en el poder.

sábado, 7 de julio de 2018

A 44 años de la muerte de Perón





El poeta francés Paul Valéry tiene un frase especialmente bella: “No se puede gobernar por la pura coerción, hacen falta fuerzas ficcionales”. Esto es, ilusorias. Juan Perón, de cuya muerte se cumplieron 44 años este 1° de julio, manejó como nadie esa ficción y esas ilusiones.
¿En qué sentido ilusiones? ¿En qué sentido ficciones? Porque, después de todo, cualquiera podría decir que no fueron ilusiones ni ficciones las enormes conquistas sociales que Perón concedió —cierto que al precio de la estatización de los sindicatos, de su conversión en simples dependencias ministeriales— cuando aún era el jefe del Departamento de Trabajo, una dependencia menor del gobierno militar instaurado en junio de 1943. Conquistas que, dicho sea al pasar, eran ley desde hacía tiempo por iniciativa del Partido Socialista, pero como el PS consideraba que las huelgas y la acción directa de los trabajadores constituían métodos “primitivos” de lucha, las patronales desconocían tranquilamente esa legislación, transformada así en cartón pintado. Las vacaciones, el aguinaldo, la jornada de 8 horas, el mojar por primera vez los pies en el agua de la Bristol, el comprar el terreno para edificar su casa, el soñar con enviar sus hijos a la universidad, entre otras cosas, no eran conquistas menores aunque a cambio se debieran entregar las organizaciones sindicales ya burocratizadas hasta la médula por lo menos desde 1930.
¿En qué consistían las “fuerzas ficcionales” de las que hablaba Valéry? En lo siguiente: la confianza de los trabajadores en el peronismo era la ilusión en un desarrollo infinito e ilimitado del capitalismo argentino. Dicho de otro modo: en que mantener el progreso social sólo requería votar y ganar.
Se tuvieron indicios de que eso no era así ya durante el primer gobierno peronista. Por ejemplo, con la huelga ferroviaria de 1951, reprimida ferozmente con despidos, detenciones y la delación pública de los dirigentes de la huelga, cuyas fotos aparecieron en los diarios como si se tratara de criminales (aquella huelga, dicho sea al pasar, fue reprimida personalmente por Eva Perón y el ex socialista y ex dirigente sindical Ángel Borlenghi, por entonces ministro del Interior del gobierno peronista). Pero el proletariado tomó aquello, precisamente, a modo de indicios.
Ya no fueron indicios los hechos posteriores al Cordobazo, en 1969, cuando un proletariado joven, ya alejado del peronismo, produjo un levantamiento insurreccional en Córdoba, una situación abiertamente revolucionaria y una crisis de poder. Fue entonces que los mismos que habían derrocado a Perón en 1955 lo trajeron en 1972 —el presidente de facto era el general Alejandro Lanusse, quien había estado cuatro años preso por el intento golpista de 1951 que dirigió el general Luciano Benjamín Menéndez— porque se trataba del único político burgués con suficiente autoridad para sacar las castañas de semejante fuego.
El tercer gobierno de Perón, muy breve (desde el 12 de octubre de 1973 hasta su muerte el 1° de julio del año siguiente) ya no fue ni podía ser un gobierno de cooptación de los trabajadores, como habían sido los primeros dos. La situación de la posguerra era y es irrepetible, por eso es irrepetible aquel peronismo. En 1973 había comenzado la crisis que no ha hecho más que agravarse hasta hoy. Fue la época, por tanto, de la ley de Asociaciones Profesionales que atornilló a la burocracia en sus sillones, la de las reformas al Código Penal que transformaba a las huelgas no aprobadas por el gobierno en materia de persecución judicial y policial, la de los primeros contratos basura… El comienzo, en fin, de la supresión de las conquistas arrancadas por los trabajadores desde 1969 e, incluso, de las otorgadas por el peronismo de sus primeros tiempos. Y para cuando eso no alcanzó ahí estuvo la Triple A, creada personalmente por Perón el 8 de octubre de 1973 (el día de su último cumpleaños) en su casa de Vicente López, con el nombre inicial de Comando Libertadores de América. Cuando, hace pocos años, diversas investigaciones probaron el papel personal de Perón en la creación de aquella organización criminal, la burocracia sindical —con Hugo Moyano y el “Momo” Venegas a la cabeza— empapeló las ciudades con carteles que decían: “No jodan con Perón”. Eso significaba “no jodan con la burocracia sindical”, porque muchos de ellos tuvieron su papel personal en las actividades y en la continuidad de aquella Alianza Anticomunista Argentina.
Después del 1° de julio, después de la muerte de Perón, se abrió una situación alucinante: el gobierno quedó directamente en manos de la camarilla terrorista de Isabel Perón y López Rega; es decir, de la Triple A, continuado poco más tarde por la dictadura militar.
Pero ésa es otra parte de la historia. Hoy el peronismo —que tiene su expresión en Cristóbal López, Rudy Ulloa, el valijero López, Miguel Pichetto, Moyano, “601” Martínez o los estancieros Rodríguez Sáa y Gildo Insfrán, entre otros—  es lo que representa la colaboración, el cuasi cogobierno con la administración Macri, continuación directa de los gorilas que derrocaron a Perón en 1955.

Alejandro Guerrero


miércoles, 14 de febrero de 2018

La “doctrina Chocobar” nos deja en manos de una organización criminal




por Alejandro Guerrero



No es novedoso: la pena de muerte está instaurada en la Argentina sin siquiera juicio previo. Basta que un Luis Chocobar decida aplicarla en el momento en que se le ocurra y al día siguiente recibirá honores oficiales y será recibido por el Presidente, mientras se pide juicio político al juez que, correctamente, lo procesó por homicidio agravado, por asesinar por la espalda a un joven desarmado. Casi simultáneamente, el asesor Durán Barba desafía a organizar un plebiscito para comprobar que, según él, “un 60 por ciento de la población está en favor de la pena de muerte”; esto es, de que la “doctrina Chocobar”, impuesta desde el ministerio de Patricia Bullrich, pueda ejecutarse con plena legalidad y el Estado pueda asesinar con firma y sello. Sin llegar a un extremo tan explícito, lo propio ha hecho el jefe de Gabinete, Marcos Peña. Las protestas de algún periodista amigo del oficialismo, como Nelson Castro, indica la oposición de un sector de la burguesía  a concederle al gobierno semejantes poderes, pero por el momento parece imponerse la línea de los “halcones”. Por supuesto, todo dependerá ahora de la línea de resistencia popular que encuentre esta criminalidad, pero ése es, por el momento, un punto aparte.
Se trata, ante todo, de una tendencia internacional y particularmente latinoamericana el traspaso de gobiernos de “contención”, por llamarlos de alguna manera, fracasados estrepitosamente,  a gobiernos de choque, de enfrentamiento directo con el movimiento de masas. Hacen frente, claro está, a problemas severos: en principio, son herederos también del fracaso de los “contenedores”, de cuyas entrañas han salido, en muchos casos, ellos mismos (el golpista Michel Temer en Brasil, ex vicepresidente de Dilma Rousseff; o el “Scioli” ecuatoriano, Lenín Moreno, otrora ladero de Rafael Correa, a quien ahora ha mandado al exilio). Macri volvió de Europa muy aplaudido pero sin un euro partido al medio, y la crisis inglesa (por tanto europea) lo deja sin el oxígeno esperado. Por tanto, ha tenido que robarse 100.000 millones de pesos de los jubilados y con otros 65.000, también de la Anses, armar una suerte de fideicomiso mientras espera una dificultosa reforma laboral. Y el saqueo dispuesto por sus DNU todavía no ha empezado. He ahí la base económica que lo obliga a gobernar sentado sobre la punta de las bayonetas, posición incómoda si las hay. Pero volvamos a los “protocolos” represivos.
Chocobar es apenas un símbolo: el símbolo de la policía que necesita el Estado argentino y de la situación a la que les resulta preciso someter a la juventud de los barrios. La madre del chico asesinado –un muchacho ladrón− declaró que muchísimas veces pidió ayuda para su hijo en centros asistenciales y siempre le fue negada. Le fue negada porque necesitaban matarlo, no ayudarlo.
Esta política cumple una doble función: el sometimiento por el terror y el respaldo a una policía  que desde hace mucho es el primer y principal origen de la criminalidad. Narcotráfico, redes de trata, juego clandestino, zonas liberadas para el crimen, desarmaderos de autos robados, piratería del asfalto; en fin, casi no hay rubro del Código Penal al que esta gente se mantenga ajena.
Por otra parte, la corrupción policial lo es en mínima parte: la mayor parte del dinero de las “cajas negras” de la policía “sube” hacia punteros políticos, intendentes y más arriba aún. Es lo que tantas veces se llamó el “financiamiento mafioso” de la política. Se trata de un Estado y de un régimen corrompidos hasta la médula.
Estamos a ojos vista ante un giro represivo particularmente fuerte del gobierno. Lo sucedido en la Escuela de Cadetes de La Rioja es un síntoma atroz. Ese entrenamiento, explícitamente criminal –recuérdese que el gobernador, Sergio Casas, pertenece al Frente para la Victoria, de modo que se trata de una política de Estado y ya no de un gobierno− apunta a formar criminales, bestias, no policías  capaces de prevenir, contener y aun reprimir el delito, cosa que, por otra parte, resultaría imposible. El gobernador Casas ya había recibido denuncias sobre el trato a los cadetes en esa escuela y en la de Chilecito. Ellos se aprovechan de la desesperación que produce en una franja de la juventud la falta de trabajo, el trabajo en negro, la marginalidad, cosas que llevan a la parte más atrasada de los jóvenes a ponerse en manos de una organización de asesinos. Obsérvese hasta qué punto sigue vigente la antigua consigna de la Comuna de París: “Luchamos para que nuestras mujeres no tengan que ser prostitutas, y para que nuestros hombres no tengan que ser policías”.
Y si se va un poco más lejos, puede consignarse la tragedia –o el crimen− sufrido por el submarino ARA, del que nadie pudo aclarar hasta ahora si la prohibición de dirigirse a puerto seguro y, en cambio, la orden de mantener el rumbo que lo condujo al desastre no obedeció a las maniobras conjuntas con las Armadas de Estados Unidos y Chile, además de la inglesa (cosa que por vergüenza callan o dicen a media voz), y con la presencia de fuerzas norteamericanas en la Patagonia y en el norte del país.
Por eso, por ejemplo, pretenden destruir el INTI: para desguazarlo y entregar sus partes rentables a pulpos extranjeros privados; esto es, para desenvolver nuevos negociados y entregar el trabajo argentino de garantía para incrementar aún más un endeudamiento (100.000 millones de dólares en dos años) que de todos modos ya no llega porque la crisis mundial revirtió la tendencia de conseguir dinero barato en mercados internacionales y reinvertirlo aquí a tasas de usura.
El capitalismo en el mundo tiende a la quiebra, y ramas enteras ya están quebradas. Por eso la militarización: para asegurar por la fuerza que la quiebra la levanten los trabajadores.

Resulta preciso, en materia de seguridad, empezar por lo que se tiene más a mano. Chocobar y La Rioja, entre tantos otros casos, muestran la necesidad de que ese centro organizador del crimen que es la policía sea desmembrado, que quede sometido al control de organismos defensores de las libertades públicas, de organizaciones barriales y sindicales, de asambleas vecinales que tomen en sus manos los libros de guardia y, en definitiva, el poder de policía.