lunes, 22 de enero de 2018

Soledades íntimas

(y multitudinarias, soledades de medianoche)






por Alejandro Guerrero




He sido, a mi modo, un combatiente; inconstante, tal vez, pero un combatiente (aún lo soy, después de todo).
He hecho, si se quiere, cosas de importancia: he escrito, por ejemplo, algún libro que contribuyó a entender ciertas claves, por lo menos de estos confines (y en esta época, se sabe, los confines suelen tener magnitud universal, o casi).
He ayudado también a moldear unos ladrillos para una construcción, a veces a un costo que me resultó definitivo en varios aspectos (si fui negligente eso me afectó, ante todo, a mí mismo). He amado tan intensamente (o casi) como he llegado a odiar. Vi una tarde a un chico que cargaba a su novia cuadripléjica y subió a mendigar a un tren del Sarmiento. El guarda lo echó de manera humillante. El chico le contestó con insultos de odio contagioso. Sí… se me contagió ese odio para siempre. He visto, pasadas las medianoches de invierno, a dos viejecitos que vendían muñecos de trapo (seguramente ellos los habían hecho durante todo el día) en las medianoches de las escalinatas de la estación Once (antes de que saliera el tren de la 0.12). El verles el frío, el sentirles el frío, me hizo trepar el odio desde las tripas, como si me naciera atrás de la espalda.
Y vi, no hace mucho, a un hombre que dormía con su perro en un pasillo del subte, justo a la entrada del shopping Abasto. Un cartel que seguramente había escrito él mismo decía que había sido un payaso famoso, y enumeraba los circos de renombre donde había trabajado hasta que un accidente lo arrojó a los túneles, a mendigar con su perro. Recuerdo de esa tarde (era una tarde) el llanto compulsivo que esa visión alucinante le produjo a Cata, mi hija. Le pusimos un billete en el sombrero que el hombre tenía para eso: nunca supo quién fue, porque el payaso dormía, pero a Cata se le iluminó la carita (¿tendría cinco, seis años?). En esa sensibilidad reconocí tanto a mi hija… Seguramente, su mamá y yo (no nos vemos ni queremos vernos) hicimos con ella tantas cosas mal… pero una parte de lo mejor de nosotros está en ella: la sensibilidad y el odio, porque una cosa no va sin la otra.
He tomado decisiones determinantes casi sin querer, como al pasar, sin pensarlas, como se debe. Pienso que hasta podría haber sido (como unos cuantos que conocí de cerca, personalmente), colaborador, infidente y madama de canallas de grosor. Tengo el altísimo honor, que comparto con tantos grandes compañeros, de no haber sentido siquiera la duda, aun a sabiendas de lo que vendría.
Debo confesar que en ocasiones estuve a punto de sucumbir a esa semiparálisis parecida a la nada, y he tenido en esos periodos las compañías adecuadas. Fueron tiempos absurdos, violentos y, qué paradoja, de creatividad exultante. En esas épocas fui mucho mejor que yo mismo.
A veces, no tuve conciencia de los resultados de esa exultancia. Por ejemplo, no supe mucho del libro El peronismo armado hasta que académicos de renombre hablaron de él y uno de ellos le escribió el prólogo a la segunda edición.
Y hay otros escritos, casi una pequeña multitud de ellos. La mayoría han sido destruidos y suelo extrañarlos, como extraño no tener una solo foto de mis padres (quizá quise borrar su imagen, pero no he podido).
Tal vez, un día, alguien me recuerde por aquellos libros, algunas fichas, unas notas al margen; tal vez ese alguien ocupe un rato en curiosear quién fui y quizá ni siquiera lo considere tiempo del todo perdido.
Lamento (no demasiado) las historias que me quedarán sin escribir, las cosas que no alcanzaré a contar, algunas inconclusas que posiblemente lleguen a conocerse (la muerte es una marketinera excepcional ¿no, Salvador?).
Ciertas etapas de mi vida han tendido grandes amigos, pero estos son tiempos de soledad (son falsas de toda falsedad las amistades vitalicias: los tiempos cambian, uno cambia y con aquel que fue íntimo ya no tenés mucho que ver y te encontrás con que luego del ¿te acordás? no queda nada.
La vida, en fin –lo diré a riesgo de obviedad− tiene contradicciones tan absurdas como ella misma, o como aquella mujer de Homero que comía en un rincón.

miércoles, 17 de enero de 2018

Túnez, donde empezó la Primavera Árabe, vuelve a rebelarse

Aunque el gobierno tunecino es considerado el único “democrático” de la región, las movilizaciones fueron reprimidas fuertemente. Una Ley de Presupuesto dictada por el FMI y la Comisión Europea golpea las ya miserables condiciones de vida de la población y desencadenó las protestas. Son las mayores movilizaciones desde 2011, cuando el entonces dictador Ben Ali fue derrocado por una insurrección popular.



                                    Túnez, 2011: comienzo de la Primavera Árabe



Por Alejandro Guerrero




Aún en su edición de este martes 16, el diario El Mundo, de España, dice de Túnez que, de cuantos países han pasado por la Primavera Árabe –comenzada precisamente allí en 2011− es “el único que ha logrado superar las turbulencias”. Ése es el mito derrumbado a partir de los levantamientos populares, comenzados el lunes 15, contra una Ley de Presupuesto por la cual “los precios de los productos básicos han sufrido una espectacular subida” (ídem). El mismo diario añade que Túnez vive una “situación de extrema fragilidad política, económica y social”. Además, se han congelado las contrataciones públicas y se han recortado los salarios de los empleados públicos.
La revolución árabe, sabido es, derivó en su contrario: el aplastamiento de la revolución egipcia, donde el “que se vayan todos” (en El Cairo esa consigna se escribía en las paredes así, en castellano) terminó en la instauración de una dictadura militar. Otros Estados, como Libia, dejaron de existir y se astillaron en gobiernos tribales; ni hablar de la guerra civil en Siria, transformada en campo de batalla de potencias imperialistas. Frente a tales tragedias, Túnez era mostrado como el opuesto: el país “democrático”, gobernado por el régimen “progresista” surgido de la coalición entre Ennahda, islamista moderado, con Nidaa Taunes (traducido generalmente por “Llamado por Túnez” o “Convocatoria por Túnez”), al que pertenecen el actual presidente, Béji Caïd Essebi, y el primer ministro, Yusuf Chahed. Ese partido se fundó en 2012 y los tunecinos suelen llamarlo “atrapalotodo”. Ahora, frente a la rebelión popular, el gobierno –que parece en crisis y dividido internamente− procura combinar concesiones menores (el aumento de planes sociales y algunos créditos para vivienda) con una fuerte represión militar que ya ha costado un muerto, decenas de heridos y 800 detenidos.
La rebelión ha sido convocada desde las redes sociales por un grupo hasta entonces ignoto (como fue, en su momento, Podemos en España) llamado Fesh nastanneu? (“¿Qué esperamos?”). En una de sus declaraciones, Fes nastanneu? exigió el retiro de la Ley de Presupuesto y “la caída del presidente”, justamente a 7 años del derrocamiento insurreccional del dictador autócrata Zin el Abidin Ben Ali, que había gobernado con mano de hierro durante 22 años.
Las cosas adquieren otro cariz si se tiene en cuenta que las medidas de ajuste del gobierno fueron exigidas por el FMI y la Comisión Europea, después de que Túnez recibiera, en 2011, un crédito impagable por 2.400 millones de euros. Y tales medidas se toman cuando, según cifras oficiales, el desempleo supera el 15 por ciento a nivel general y el 30 por ciento entre los jóvenes, aun entre los diplomados. Fuentes privadas aseguran que esos porcentajes son mucho mayores.
Además, el turismo, que representa el 8 por ciento del PBI, se derrumbó en los últimos 7 años y directamente dejó de existir desde los atentados terroristas de 2015 en Túnez capital y en Port el Kantaoui. Entretanto, la inflación se situó en el 6,4 por ciento en diciembre del año pasado y el déficit comercial del país alcanzó niveles récord.
En estos días, centenares de jóvenes sin empleo han acampado frente a la central sindical, la UGTT, para exigirle que tome medidas en demanda de empleo. Por el momento, la burocracia sindical no dice palabra y no registrA, que se sepa, una intervención independiente de ningún sector importante de la clase obrera.
Está presente en el panorama político de Túnez el Frente Popular, integrado por nueve agrupaciones de izquierda que en las elecciones de 2014 logró 15 bancas (el parlamento tunecino tiene 217). Ellos también emitieron una declaración en la que piden la renuncia del presidente. En una posición por el momento marginal están los islamistas radicales de Hizbu Tahir, que proponen un califato universal y se manifiestan por separado.
Las movilizaciones populares nunca cesaron en Túnez durante estos años, pero las actuales son las mayores desde 2011, cuando un vendedor ambulante a quien la policía le había incautado su mercadería se prendió fuego en la calle, a lo bonzo, y con ello empezó la revolución, las revueltas de hambre y, en fin, la Primavera Árabe. El nuevo levantamiento ha sido reprimido fuertemente por el único gobierno de la región que se consideraba “democrático”. De todos modos, aunque las manifestaciones no tienen evidentemente la magnitud ni la potencia de las que derrocaron a Ben Ali, son, junto con la rebelión iraní, un indicio de que la contrarrevolución y el retroceso de masas pueden encontrar su límite. Dependerá, por supuesto, de la calidad de la dirección política que tengan esos movimientos.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Sobre "El Viejo Fantasma"






El Viejo Fantasma es un nuevo grupo editor, la aventura audaz de un pequeño equipo de compañeros que nos proponemos, ante todo, difundir textos que hacen a la historia y a la actualidad (si está permitida esa diferencia arbitraria) del movimiento obrero internacional y, por supuesto, de la Argentina. También pretendemos ser difusores de literatura y poesía, siempre vinculadas (aunque no sea su propósito inicial) con las cuestiones sociales (el arte es forma y contenido). Y, por supuesto, ensayos de diferentes materias.
Después de comenzar el año pasado con la publicación de Pedazos de tiempo, un libro de cuentos, relatos, “algunos poemas deshilachados y pequeñas contribuciones a la historia universal de la infamia”, ahora sí, con la idea de darle al proyecto una continuidad sostenida, comenzamos a editar una colección: “Revolución Permanente”. El primer tomo de esa colección es La revolución traicionada, de León Trotsky, con prólogo de Christian Rath. Como bien dice Christian en su prólogo, editar ese libro no es una actitud neutral. Por cierto que no.
Agotada la primera edición de ese libro, ya está en la calle la segunda. Y nos encontramos mientras tanto en pleno trabajo de edición de Problemas de la vida cotidiana y El nuevo curso (los dos en un solo volumen), escritos por Trotsky en el año clave de 1923 –el año de su derrota− y que señalan el comienzo de su enfrentamiento abierto (entendido aún como una lucha interna) contra la camarilla de Stalin que terminaría por destruir al partido de Lenin, al Estado soviético, a la Revolución de Octubre misma. En la sinopsis que publicaremos sobre ese libro en esta misma página el lector encontrará algunos datos interesantes.
El Viejo Fantasma no tiene nada que ver con una actitud neutral, pasiva, sólo observadora. Como señalara Jean-Jacques Rousseau, quien sólo pretenda observar no observará nada: inútil para el trabajo y un estorbo para el esparcimiento, será apartado de uno y de otro. El propósito de nuestra editorial es efectuar una contribución –siquiera tan pequeña− a la difusión de ideas que sirvan a las transformaciones revolucionarias, a la construcción del partido que ese objetivo requiere; en fin, a la acción, a la actividad militante por el gobierno de los trabajadores, por la dictadura del proletariado; en fin, por el futuro socialista de la humanidad.
Compañeros, allá vamos.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Arbolitos de navidad



por Eugenia Cabral



Hace muchos, muchos años, en tiempos del escritor Hans Christian Andersen, el abeto para adornar la fiesta navideña se cortaba del bosque cuando el árbol todavía era joven. Al convertirse en “arbolito de Navidad” sobre el piso de la sala de una casa familiar, ya se lo consideraba árbol viejo y, pasadas las fiestas, se volvía madera de leña. Pero todavía eran tiempos mágicos, donde los árboles y los animalitos se comunicaban entre sí, cada uno con la lengua propia de su especie, y se consolaban entre ellos o se preguntaban acerca de sus respectivos destinos.
En cambio, en los tiempos actuales, que son los del cineasta Walt Disney, aquellos abetos naturales sólo se ven en sus películas basadas en cuentos de Andersen, o de Grimm, o de Perrault, pero los que se lucen en los hogares durante la fiesta navideña son objetos de plástico, imitaciones de árboles. Y los trabajadores pobres (algunos de ellos, los mismos que han fabricado las imitaciones de abeto navideño) los conservan de año en año, de Nochebuena en Nochebuena, porque resultan caros para sus bolsillos de mera supervivencia. Los ricos, es decir, los dueños de las fábricas de arbolitos donde trabajan los desunidos proletarios del mundo, descartan cada año los abetos de plástico, para adquirir un nuevo modelo en la siguiente Nochebuena.
En tiempos de Andersen, la muerte de leño viejo que tenían los campesinos -que a su vez habían talado los juveniles abetos- ni siquiera figuraba en las estadísticas de producción, ni el Estado se ocupaba de sus condiciones de vida. En los modernos tiempos de Disneylandia, los trabajadores son descartados legalmente, como un arbolito plástico de Navidad pasado de moda.
Pero en la era Disneylandia, las luces intermitentes no permiten ver a los ángeles navideños que imaginaba Andersen, los que transportaban a los cielos las almas de los humildes y los sufrientes, entre los haces de luz emitidos por las estrellas como si fueran cosecha de frutos cósmicos, a granel.
En los tiempos de Walt Disney, parece que sólo van al cielo las princesas. De los rústicos trabajadores ni tan siquiera se informa que, en cierta manera, son arbolitos de navidad durante toda su existencia. Que son como plástico descartable en los residuos que van al reciclado. Que casi no se nota en ellos cuándo son jóvenes, cuándo mueren, o si todavía viven.
Nos enteramos de que tal o cual trabajador estaba vivo, cuando ya lo mataron. José Luis Cabezas, Carlos Fuentealba, Cristian Ferreyra, Rafael Nahuel, Juan Carlos Erazo, Roberto López, Silvia Suppo… miles de nombres. Millones de nombres. Incluso en países que no festejan la nochebuena. Namibia, la India, la China, Yemen, Afganistán… cuando los asesinan, entonces sí parece que la muerte consiente en encender un camino de luz en medio de los astros celestes, como le gustaba imaginar a Hans Christian Andersen, ascendiendo en luminosa redención hacia donde ya nadie podrá talar la juventud de los árboles, hacerlos trabajar intensivamente y, luego, quemarlos como a leña seca, hasta el siguiente año en que, nuevamente…


diciembre de 2017

Navidades paganas

Este texto fue publicado el año pasado en este mismo medio, y anteriormente en el libro "Pedazos de tiempo" (El Viejo Fantasma, Buenos Aires, 2015). A pedidos de algunos lectores, volvemos a publicarlo. La fecha lo merece.



por Alejandro Guerrero



En los templos católicos cuelgan en estos días carteles que dicen “Navidad es Jesús” ¿Por qué necesitan aclararlo con tanta insistencia? Simplemente,  porque no es cierto.
Si el cristianismo fue, al decir de Karl Kautsky, “uno de los fenómenos más gigantescos de la historia humana”,[1] sólo el Iluminismo del siglo XVIII se asomaría a una indagación científica de sus orígenes y sentido. El historiador inglés Edward Gibbon, que dedicó más de cuarenta años de su vida (entre 1744 y 1788) a escribir una monumental “Historia de la decadencia y caída del imperio romano”, señala con una ironía finísima que, a pesar de sus milagros resonantes y del impacto social de sus andanzas terrenales, ninguno de sus contemporáneos menciona a Jesús.
Séneca (4aC-65), impulsor del estoicismo filosófico que fue parte fundante del corpus ideológico del cristianismo (la filosofía de la decadencia), era hombre obsesionado por los profetas de su tiempo y confeccionó una larga y minuciosa lista de los muchos predicadores que por entonces recorrían Palestina; pues bien, no hay en ella ningún Jesús.
Plinio el Viejo, gran astrónomo (Roma fue pobre en astrónomos y matemáticos), estudió minuciosamente los eclipses y su mecánica, y los describe con cuidadoso detalle en su Historia natural ¿Cómo pudo pasársele el oscurecimiento de tres horas que siguió inmediatamente a la muerte del Cristo?
La primera mención a la existencia física de Jesús se encontraba en Antigüedades judías, de Josefo Flavio —nacido en el año 37—, pero luego se comprobó que se trataba de un agregado fraudulento hecho mucho después por un copista cristiano, ofendido porque el texto no hablaba ni una vez del Mesías.
Aquellas indagaciones de la ciencia dieciochesca sobre el cristianismo continuaron y culminaron en el siglo XIX, el de la victoria definitiva y la consolidación de la revolución burguesa que, al cargar contra el feudalismo y los monarcas absolutos, debió emprenderla también contra el rey de reyes, el papa de Roma. Sería la presencia del proletariado la que interrumpiría esos aires anticlericales de los patrones decimonónicos. Esa presencia haría, como dice Engels, que los burgueses alemanes volvieran a ayunar los viernes y a sudar en sus reclinatorios mientras soportaban interminables sermones protestantes. Fue el marxismo, la ideología de la clase obrera, el encargado de retomar aquellas investigaciones sobre el cielo y la tierra, y desenvolverlas a fondo. Mucho les debemos, en ese punto, a estudiosos como Kautsky o Lucien Henri, entre otros.
Pero volvamos al “Navidad es Jesús”.
En el Evangelio de Lucas (2,8) se lee que en el momento de la natividad de Cristo “había en la región unos pastores que pernoctaban al raso y de noche se turnaban velando sobre su rebaño”. De modo que, aun si se aceptara que el personaje en cuestión nació alguna vez, eso no podría haber ocurrido en diciembre, cuando el rigor invernal hacía imposible que pastor alguno pernoctara a la intemperie o que velara en las noches para cuidar su rebaño.
Así las cosas ¿por qué la Navidad en diciembre?
Se debe señalar, en principio, que se vivían tiempos de crisis histórica. El esclavismo, que había construido civilizaciones maravillosas como Grecia y Roma, se agotaba aceleradamente. La expansión romana no podía proseguir sino muy costosamente y se detendría por completo en el segundo siglo; a partir de entonces no haría sino retroceder. Las grandes extensiones agrícolas, las latifundia, empezaban a encerrarse en sí mismas y a transformarse en feudos.
Levantamientos de esclavos, como el de Espartaco en el 44aC, terminaban en masacres atroces (por otra parte, los esclavos no tenían ningún modo de producción superior que ofrecer: su victoria tal vez los habría convertido en amos, pero no podrían haber creado una sociedad de hombres libres). El esclavismo cedía desde sus cimientos y nada progresivo se avizoraba en su reemplazo. Por eso su derrumbe provocaría una enorme regresión histórica, un milenio de oscurantismo, de miseria física, moral e intelectual, de pestes y suciedad. Bien venía, entonces, una religión que proponía el abandono de toda lucha, aceptar el sufrimiento y esperar el reino de los cielos después de la muerte. Eso era el estoicismo y eso fue el cristianismo.
Se debe recordar que el cristianismo primitivo, perseguido ferozmente, vinculado con una suerte de comunismo rudimentario, fue el grito confuso pero rebelde de los parias de Israel. Cuando el régimen de los Césares llegara a su ocaso final sería el momento de la derrota definitiva de aquel cristianismo, que ya era otra cosa, opuesta a sus orígenes, en el momento en que Constantino lo declaró religión oficial del Imperio en el siglo IV. En ese momento, sin embargo, la Navidad aún no existía.
El avance de la barbarie cristiana sobre la civilización antigua fue arrasador. Atila fue poco comparado con el grado de destrucción de la espada, el fuego y la cruz de los cristianos contra una cultura abrumadoramente superior a ellos aun en su decadencia, a la que no podían asimilarse y, por lo tanto, necesitaban aplastarla. No obstante, 2000 años de civilización no podían suprimirse con el único recurso de la represión, por más brutal que fuera. Así, la festividad más importante del paganismo, las Saturnales que en diciembre celebraban el solsticio de invierno, el día del Soli Invictus en el que la Tierra retorna al Sol después de la noche más larga del año; ese día, en fin, sería la Navidad de los cristianos, en el que era, al decir del poeta Cátulo, “el mejor de los días”.
La Saturnalia empezaba con un banquete público el 17 de diciembre y duraba siete días. A ese banquete estaban invitados todos: nobles, plebeyos y hasta los esclavos, que por un momento dejaban de serlo y eran servidos por hombres libres e incluso por sus amos. Se hacían sacrificios en honor de Saturno, el dios de la agricultura, y se encendían velas y antorchas por el renacimiento (la natividad) del Soli Invictus (la entrada del Sol en la constelación de Capricornio, el solsticio de invierno). Era, además, el momento en que había terminado la siembra invernal, de modo que se estaba en un periodo de descanso. Se celebraba en un ambiente de carnaval, se comía, se bebía y se intercambiaban regalos. (Las Saturnalia empezaron en el año 217aC, seguramente para levantar la moral del pueblo después de la derrota romana contra los cartagineses en el lago Tresimeno).
No solo era la Roma que hablaba en latín. Toda la Europa antigua y más allá, compuesta por pueblos de agricultores, festejaban el solsticio de invierno a partir del cual los días volvían a alargarse. Persia honraba, el 24 de diciembre, el nacimiento de Mitra, la divinidad de la luz, un culto que Pompeyo, conquistador del Asia Menor, llevó a Roma en el siglo II antes de nuestra era. Mitra, dice la leyenda persa, mató al toro sagrado cuya sangre, al mojar la tierra, hizo surgir todas las plantas y todos los animales. Mitra lleva un gorro frigio y se la representa en el momento de matar al toro con un cuchillo largo (algunos sostienen que las corridas de toros tienen su origen ancestral en el culto a Mitra).
La primera mención comprobada al nacimiento de Jesús se lee en el Calendario Philocalus, del año 345. Allí se dice que el 25 de diciembre es Dies natalis Soli Invicti. En él se ponen a la par los nacimientos de Mitra y de Jesús.
En definitiva, el solsticio de invierno, que en el hemisferio norte dura del 25 de diciembre al 6 de enero (la Epifanía cristiana) fue la fiesta más importante de los pueblos indoeuropeos, y sobrevive hasta hoy en todas las culturas creadas por ellos (los carteles “Navidad es Jesús” son un intento inútil de proseguir la lucha de 2000 años contra el paganismo). La Navidad empezó en la Europa suroriental del siglo IV, en la que confluían tradiciones griegas, egipcias, judeo-cristianas y otras del Oriente próximo. En las culturas de celtas, germanos e indios védicos esos eran los días en que se comunicaban el mundo de los muertos con el de los vivos, cuando se anunciaba el retorno del Sol y el renacimiento de la vida, que no muere con el frío invernal y reverdece en la primavera, en la Pascua.
Se trataba, en fin, de un rito pagano imposible de suprimir por la sola represión; por eso se lo coopta, se lo integra como hicieron los incas con las deidades de los pueblos que conquistaban y sojuzgaban. No fue sencillo. A tal punto no fue sencillo que todavía San Agustín (354-430), en sus Sermones, les pide a sus contemporáneos que el 25 de diciembre no adoren solamente al Sol y que recuerden también el natalicio de Jesús. No lo lograron nunca, y hasta hoy tienen que poner en los templos que “Navidad es Jesús”, lo cual de ningún modo es así.
Fue, según parece, en el año 345 cuando Juan Crisóstomo y Gregorio de Nancieso incorporaron las Saturnales al rito cristiano-romano, y fundaron la Navidad para furia de los cristianos de la Mesopotamia, que los acusaron de idolatría pagana. Todavía durante el reinado del emperador Honorio (395-423) la Navidad se celebraba el 25 de diciembre sólo en la Iglesia occidental, mientras la oriental aún festejaba la natividad en Epifanía, el 6 de enero.
Sólo en el año 440 la Iglesia decide oficialmente conmemorar el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre; y será fiesta obligatoria recién en 506, por resolución del Concilio de Agde. Pero habría que aguardar hasta 529 para que el emperador Justiniano lo declarara día festivo.
Como se ve, el rito pagano de Saturnalia, con sus banquetes y sus regalos, no se suprimió jamás y aún hoy se celebra. En el siglo VII, Gregorio Magno quiso “cristianizar” la Navidad y pidió que se hicieran ayuno y penitencia en Adviento (las cinco o seis semanas previas a la Navidad), pero fracasó: su orden se derogó en 1918 sin haber regido nunca, salvo en una porción de la Iglesia oriental.
El intercambio de regalos propio de Saturnalia está representado por Santa Claus, que es en verdad el dios germano Thor, el más alegre, el que protegía los hogares que le consagraban un lugar especial en los altares caseros. Thor descendía por las chimeneas para encontrar su elemento: el fuego. Eran también las fiestas paganas de Jul, a fines de diciembre, cuando se plantaba frente a la casa un abeto adornado con pequeñas antorchas y cintas de colores: el árbol de la Navidad.
Por cierto, develar el origen de la Navidad (del cristianismo) no suprime el hecho de que “la angustia religiosa es al mismo tiempo expresión del dolor real y la protesta contra él. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo descorazonado, tal como es el espíritu de una situación sin espíritu. Es el opio del pueblo” (Marx, Crítica a la filosofía del derecho de Hegel). No los suprime, como el cristianismo no suprimió los ritos paganos por más que cuelguen carteles en las iglesias. La inexistencia física de Jesús no suprime tampoco su incuestionable existencia social, una construcción histórica de veinte siglos. Pero, en cambio, permite advertir cómo los hombres, según el modo en que producen su vida material y social, crean sus dioses a su imagen y semejanza. Los socialistas luchamos por un mundo sin suspiros de criaturas oprimidas porque toda opresión se habrá eliminado, un mundo sin miserias infames que necesiten buscar en fantasmas etéreos el clamor de la desesperanza. En el que ningún patrón ensotanado pueda amenazar a nadie con los fuegos del averno.
Cuando no haya amos en la tierra los cielos se verán libres de dioses.




[1] Kautsky, K.; “Orígenes y fundamentos del cristianismo”; enhttp://www.nodo50.org/ciencia_popular/articulos/Cristianismo.pdf

martes, 5 de diciembre de 2017

Trotsky y la vida cotidiana

El grupo editor El Viejo Fantasma comienza la venta anticipada de dos obras clave de León Trotsky: Problemas de la vida cotidiana y El nuevo curso






Problemas de la vida cotidiana y El nuevo curso, aunque no se desprenda tajantemente de sus títulos, señalan el comienzo de la lucha frontal de León Trotsky contra un aparato burocrático –son textos escritos en el año clave de 1923−al que él aún procura subordinar al partido, no destruirlo, porque la destrucción de la burocracia, sostiene el aún comisario de Guerra, deberá ser el producto necesario de un progreso económico dificultado decisivamente por las sucesivas derrotas de la revolución en Europa (ésa será, a la postre, la ventaja determinante de Stalin sobre Trotsky y sobre toda la vieja guardia bolchevique, que en su mayor parte fue, en aquellos días, aliada y defensora del aparato).
Problemas… es producto de una serie de reuniones de Trotsky con obreros de Moscú, con quienes debate el que era, según él, el problema de los problemas: el rendimiento del trabajo, la necesidad de compensar mediante la producción propia –siquiera en mínima parte− el aislamiento internacional de la Revolución Rusa, que tanto él como Lenin habían considerado provisoria y ahora quedaba a la vista que se prolongaría por todo un periodo histórico (añádase el agotamiento del proletariado ruso después de cuatro años de guerra imperialista, tres de guerra civil y el posterior derrumbe económico).

El “nuevo curso” había sido, en verdad, un acuerdo engañoso del triunvirato o “troika” (Stalin, Kámenev y Zinóviev) con Trotsky. Según ese convenio, se renovaría la vida interna del partido mediante una mayor democracia y libertad de debates. Cuando, a fines de 1923, Trotsky publica un folleto con ese título, por primera vez utiliza el concepto “degeneración burocrática”, aunque aún la considera un peligro muy presente pero no un fenómeno consolidado. Sólo al año siguiente la camarilla de Stalin haría de la necesidad virtud y, ante el aislamiento, proclamaría la teoría –evidentemente antimarxista− del “socialismo en un solo país”. Entonces sí, Trotsky organizaría la Oposición de Izquierda. Se trata de textos de primera importancia para comprender los acontecimientos más importantes de la historia del siglo XX, de un periodo aún abierto y, es más, en pleno auge. De ahí que El Viejo Fantasma los haya elegido para este segundo volumen de su colección Revolución Permanente.

jueves, 30 de noviembre de 2017

ARA San Juan: un crimen de Estado y una crisis política



por Alejandro Guerrero



Lo que ahora empieza a conocerse de la masacre del submarino ARA San Juan es simplemente tenebroso. Se sabe, por ejemplo, que la batería estallada tenía problemas desde la botadura de la nave en 1985, y que el martes 14, un día antes del desastre, el capitán Pedro Fernández había informado que tenía “un cortocircuito en la batería 3” (Infobae, 29/11), la misma del viejo problema, porque le entraba agua por el snorkel (el snorkel es un dispositivo que permite operar con motores diésel y tomar aire de superficie, pero para eso se debe navegar a profundidad de periscopio: no más de 20 metros). A las 6 de la mañana del miércoles 15, Fernández pidió que se le permitiera cambiar de rumbo porque estaba a 300 kilómetros en línea recta del golfo San Jorge y podía llegar a tierra. Se lo negaron y le ratificaron la orden de dirigirse a Mar del Plata ¿Por qué? A las 7.30 el submarino tuvo su última comunicación con tierra. Desde ese momento está tragado por el océano.
Mientras esto sucedía, el jefe de la Armada, almirante Marcelo Srur, estaba en Montevideo, donde recibía una condecoración por los 200 años de la creación de la marina de guerra uruguaya. No tenía ni noticias de que había un submarino desaparecido. Peor aún: recién al día siguiente, el jueves 16, el ministro de Defensa, Oscar Aguad, se enteró por los diarios. Nadie le había informado nada y, por supuesto, nadie buscaba al ARA San Juan.
Hasta ese momento sólo se trataba de negligencia criminal, pero todo es peor, mucho peor.
Perdida otra posibilidad de comunicación, para trasmitir por vía satelital el submarino debía mantenerse en ese nivel de profundidad pero le resultó imposible porque el Atlántico se encontraba “en condiciones 5/6” (ídem), lo implica olas de entre seis y ocho metros. Golpeado por el oleaje, el San Juan se vio obligado a sumergirse, de modo que ya no podía impulsarse por diésel y con la mitad de las baterías inutilizadas. A las 10.30 se produjo la implosión, detectada por unidades internacionales de control de explosiones nucleares. La catástrofe se había consumado. La crisis no hacía más que empezar.

¿Descontrol?

La Nación (Daniel  Galllo, 29/11) habla de “hundimiento descontrolado” y del debate y la crisis política que ha producido este desastre.
La nota tiene un mérito indudable: aún desde un ángulo reaccionario, sitúa el problema en su contexto político, en el nuevo papel que pretende asignarse a las Fuerzas Armadas y a hipótesis de conflicto interno. Habría que añadir, cosa que el articulista no hace, la entrega de la Patagonia a pulpos internacionales como Lewis y Benetton, comenzada durante el gobierno K y extendida ahora por el de Macri. La presencia allí, ahora, de fuerzas militares extranjeras de ocupación va más allá, sin embargo, de la simple protección a los intereses de esos monopolios usurpadores.
Como se sabe, el gobierno pidió y obtuvo autorización senatorial para el ingreso en territorio argentino de tropas y navíos de los Estados Unidos y Chile para desarrollar 22 maniobras militares en el próximo año. Sería una ingenuidad suponer que no toman parte en esas acciones unidades del Reino Unido, país que, como se sabe aunque se recuerda poco, ha instalado en las islas Malvinas la base de armamento nuclear más grande del mundo. Esto se hace mientras, poco tiempo atrás, en el Mar de la China naves y aviones de ese país han efectuado, junto con fuerzas militares rusas, las maniobras más grandes de la historia. La crisis internacional muestra su tendencia a la guerra y el gobierno macrista pretende mostrar a las claras de qué lado quiere ponerse, sin estropear al mismo tiempo sus negocios y negociados con China (nada hiede más que el mundo de la diplomacia imperialista y de sus sirvientes).
Ese “nuevo papel” de las Fuerzas Armadas argentinas fue marcado sin lugar para las dudas por el gobierno de los Kirchner, primero con la invasión a Haití (allí tropas argentinas de ocupación cumplen desde hace mucho el papel de policía interna, todo un entrenamiento para lo que se quiere que hagan acá), y luego con la firma de los dos convenios de “lucha antiterrorista” con el gobierno norteamericano. Macri sigue esa línea, la amplía y la empeora.
No debe olvidarse, en este punto, que la reforma laboral y previsional que intenta aplicar el gobierno abre toda una hipótesis de conflicto interno: basta ver las multitudinarias movilizaciones que se han producido contra el pacto del oficialismo con la burocracia patronal de la CGT, y sobre todo el estado deliberativo que se desenvuelve en cada lugar de trabajo, para entender que el ideal de la Casa Rosada sería algo parecido al “Libro Blanco” firmado por el Perú en 2005, que autoriza al gobierno de ese país a convocar en su ayuda a tropas extranjeras ante la presencia de grupos que promuevan “la violencia social”, un marbete que puede aplicarse a cualquier organismo que quiera luchar.
En todo ese cambio que se pretende para las Fuerzas Armadas se incluyen maniobras como las que se desarrollan en estos días, y son tan lacayos, tan hasta sorprendentemente gurkas, que han obligado a un submarino argentino a marchar por encima de sus posibilidades técnicas para cumplir su papel de mucamos logístico de las fuerzas extranjeras de ocupación. Esa transformación policial de las Fuerzas Armadas tiene, por cierto, sus consecuencias presupuestarias, la reducción y adaptación del presupuesto y un re-armamentismo acorde con esa función lacayuna. Por eso, inconfundiblemente, la muerte de los 44 marinos argentinos del ARA San Juan es un crimen de Estado y ha producido, lógicamente, la indignación de sus familiares y, seguramente, un estado deliberativo en voz baja dentro de las propias fuerzas. Es de esperar que esas voces aumenten su volumen y se dejen oír.
Estas Fuerzas Armadas son del todo inútiles: no están preparadas para atacar fronteras ajenas ni para defender las propias. Están condenadas irremediablemente a cumplir el papel de sirvientes de sus amos extranjeros, del imperialismo que oprime al país. Son fuerzas profundamente antinacionales. Los suboficiales y jóvenes oficiales que han ingresado en ellas con el propósito de “servir a la patria” pueden ver ahora, con toda claridad, que los mandan a matar y a morir para defender a patrones gringos, a la antipatria. Resulta preciso que se rebelen contra ese papel canallesco y se unan a la lucha de la clase obrera: sólo un gobierno de trabajadores podrá construir un ejército poderoso, capaz de llevar en la punta de sus fusiles y sus cañones la estrategia de los Estados Unidos Socialistas de América Latina.